Bogotá

El graffiti en Bogotá es un protegonista cultural

Foto tomada de: Revista DC

Es de noche. Suena al fondo una ambulancia, un camión y un carro que parece ser de un modelo anterior al 2010. Hace frío y llueve, pero no es una lluvia fuerte. Es una de esas noches oscuras típicas de la capital. Hay algo de neblina. En medio del ruido nocturno, se escuchan aerosoles. “Tss, tss, tss”. Se sabe que hay alguien ‘rayando’ una pared. El amanecer mostrará el resultado.

Es algo que ocurre a diario en Bogotá. En cada barrio hay al menos un grafiti o un mural pintado. No importa el estrato ni el sector. En cada obra, las letras y los colores en las paredes son protagonistas. Pero, ¿cómo se convirtió la ciudad en una inmensa galería —si se pudiera llamar de esa forma— a cielo abierto?

El grafiti llegó de forma tímida a la capital colombiana. Varios historiadores dan cuenta de impresiones en muros por parte de los muiscas durante la conquista. De ahí en adelante todo es historia. Durante siglos, las paredes se han convertido en vitrinas públicas para narrar y contar sucesos. En un tiempo, pegaban sobre ellas carteles para dar información de todo tipo. Después, los mensajes fueron rayados directamente.

Hay algunos registros de que en el Bogotazo hubo expresiones sobre las paredes. Lo cierto es que, en la historia reciente, en la década de los 70 se asomaron los primeros grafitis en la ciudad. Los estudiantes universitarios de la época entendieron que una forma de hacer visibles sus ideologías era a través de la pintura.

Álvaro Moreno Hoffman fue uno de los pioneros en eso. Sus mensajes se veían en los barrios Chapinero y Rosales, varios de ellos para criticar al gobierno de turno. Luis ‘Keshava’ Liévano también fue uno de los primeros reconocidos, aunque sus grafitis cobraron mayor protagonismo en la década siguiente.

Por esos años, los grupos insurgentes pulularon. En 1970, en las elecciones presidenciales ganó Misael Pastrana Borrero y surgió el M-19. Fue a través de ‘rayones’ como este grupo guerrillero le advirtió a la sociedad capitalina sobre su presencia —una práctica que aún mantienen los grupos al margen de la ley en varias zonas del país—.

Una década después, cuando el narcotráfico se hizo más visible, el conocido grafiti político y contestatario tuvo su auge. En los muros se asomaban expresiones en contra de las administraciones o contenidos que rompían con las reglas establecidas.

En ese momento, en 1984, el expresidente Belisario Betancourt les pidió a los colombianos salir a las calles a pintar palomas de la paz. ‘Keshava’ accedió, como muchos otros, pero en vez de pintar estas aves, decidió escribir ‘No más paloMAS’, para fijar su posición en contra del movimiento paramilitar ‘Muerte a Secuestradores’ y a la vez establecer que este arte no debe caminar por la misma vía de lo institucional.

A finales de los 80, pero sobre todo en la década de los 90, el grafiti invadió las calles de Bogotá. No había internet y las únicas referencias que se conocían eran de películas estadounidenses o revistas. El hiphop inundó varios sectores capitalinos, como Las Cruces, La Perseverancia, La Concordia o San Cristóbal, y se convirtió en una cultura urbana predominante. Grupos de rap como La Etnnia o Contacto Rap fueron fundamentales en la consolidación de este movimiento.

En esa época, los jóvenes que exploraron y se dedicaron a esto, aprendieron a ser DJ’s, ‘break-dancers’ y grafiteros. Los grupos o ‘crew’ —como se conocen en la calle— buscaron visibilidad. Así lo recuerda Beek, pionero del grafiti en Bogotá, quien formó parte de R. O. S. crew (Represent Our Style, por sus siglas en inglés): “En el colegio conocí a un parcero coleccionista de rap y eso me empezó a llamar la atención. Siempre me gustó dibujar. En la adolescencia, decidí, con unos amigos, comenzar a hacer letras, letras raperas —como le decían en esa época— tratando de emular o simular lo que veíamos”.

R. O. S. impulsó el grafiti en la ciudad. En eso coinciden varios grafiteros y artistas en la actualidad. Fueron dos jóvenes —Beek y Dukon777— los que comenzaron a ‘rayar’ en varias zonas, sobre todo en las vías principales, como la Caracas o la 68. “En ese momento, se buscaba tener la mayor cantidad de piezas en la mayor parte del área de la ciudad”, cuenta Beek.

Ospen es otro de los grafiteros más importantes de la movida en Bogotá. En 1993, comenzó a escuchar rap. “En Colombia no había formas para conocer sobre grafiti, tener la información que hoy tenemos, ni saber sobre las boquillas y aerosoles. Lo que pudimos lograr fue a través de revistas estadounidenses”, recuerda.

Y en eso coincide Beek: “Se trataba de simulaciones. Películas como Wild Style (1983) lograron influenciar a los primeros grafiteros. Se intentaban hacer letras que se veían en otras partes del mundo”.

Así fue como las letras codificadas con colores comenzaron a aparecer en varios puntos de la ciudad. Los contrastes, lo ilegible y los seudónimos se plasmaron en varias paredes. Lugares como el parqueadero del colegio La Concordia o las bodegas de una fábrica en el barrio 20 de julio fueron escenarios para plasmar ‘tags’ —grafiti del nombre de una persona o grupo— y ‘throw-ups’ —grafiti con letras volumétricas y líneas exteriores—.

Cada vez más, las creaciones de este tipo se popularizaron. Hacia el cambio de siglo, las nuevas generaciones veían otra forma de grafiti, cuya mayoría dejó de ser política, como en las décadas anteriores, y se convirtió en un movimiento más cultural. Por supuesto, sin dejar a un lado el espíritu contestatario y disruptivo.

Tomado de: El Tiempo