Luis Guillermo Echeverri Abad
Obra completa – Tomo II
Pg. 107
(Transcripción de Luis Guillermo Echeverri Vélez)
Cuando se estudia botánica aparece la lista de manzanillas, entre las cuales recuerdo la maloliente romana, fina, de París y hartas que han caído de mi memoria. Y no sobra recordar la española, bebida alcohólica estupenda, cordial y animadora.
Pero el manzanillo es cosa distinta. Pertenece a la tribu de las hipomaneas, y una gota de zumo de la fruta produce úlceras de la piel. Los indios sacan para sus flechas mortales, leche venenosa de las ramas, y cuenta la gente que también es mortal la sombra del árbol. Lo cierto es que cuando se pasa cerca del manzanillo, el cuerpo se hincha y ulcera; sobrevienen las fiebres y tremendo malestar. Es tal eczema húmeda lo que produce el árbol pernicioso que envenena cuanto lo circunda.
Quizás nazca del manzanillo venenoso la extensión idiomática, que en política nombra como a talas la tribu, con raíces por dondequiera, que la opinión considera perniciosa.
Pero el “manzanillo” político no es una sola tribu se divide en varias, a saber: existe el manzanillo de “Bolsillo”, al alcance de la mano, que es de tribu numerosa y simpática, parlanchina y traviesa, en el fondo buena, útil en imprescindible. No anda detrás de grandes oportunidades ni contratos; no hace contrabandos ni se mete en boyadas alfabéticas.
Es amigo de sus copartidarios, que respeta y acata. Cuando recibe confianza conviértese en defensor y propagandista, en perro fiel y servidor irrevocable y desinteresado. Su tarea en directorios y juntas realízala con fervor y entusiasmo incontenibles, y se expone por ideologías y amigos. Eso sí, se mete en todas partes, habla recio, solapea a expresidentes y exministros, y mantiene los bolsillos repletos de recomendaciones. Conoce los manzanillos de otras tribus y sus historias.
Muchas ocasiones deja sus oficios por servirle a los directorios, y goza escuchando discusiones y conferencias. En las manifestaciones grita hasta enronquecer y marcha adelante con banderas y afiches. Recorre barrios y veredas, vigila urnas, reparte votos y descubre fraudes y conspiraciones. Se resigna con honores precarios y puestos que le permitan vivir. Es, en resumen, la linfa vivificante de la política. Está siempre en los aeródromos recibiendo y despidiendo jefes, y por darles un abrazo se expone a insultos, regaños y humillaciones. Es trompo pagador, pero en lugar de herronadas recibe pedradas y sufre carcelazos, cuando no puñaladas, o tiros. Generalmente muere pobre y olvidado.
Yo quiero y admiro a ese ejemplar humano y político, que tonifica, excita alegra y vigoriza la política; que le pone desinterés y sainete, sinceridad y entusiasmo.
La tribu de los manzanillos “Lagartos” es tanto numerosa como la anterior. Bien vestidos, pegajosos y confianzudos, ineptos y pretensiosos. Tutean a cuanto personaje se encuentran, y en tal forma pretenden igualarlos; así creen que suben a tiempo que bajan a los otros. Es un sistema simpático y osado para equilibrar y presumir, es que usan los “Lagartos”.
Viven bastante enterados de política y su principal oficio consiste en dar informaciones, muy reservadas, claro está.
Penetran con prodigioso y agudo instinto las debilidades humanas, y explotan a perfección la vanidad. Organizan banquetes, comidas, piquetes, onces y desayunos, y si no salen retratados con los homenajeados, pelean con periodistas y fotógrafos.
Por lo general no hacen ilícitos ni se meten al abismo de lo incorrecto. Saben, si, acomodarse, porque los influyentes, por no verlos ni oírlos, por no aguantarlos encima, hacen cualquier sacrificio para colocarlos. Su habilidad mayor está en volver intrigantes a las esposas de los políticos grandes, que terminan diciéndole a los maridos: “Bueno, mijo, o colocas a ese lagarto, o me divorcio”. Y cuando se colocan todo el mundo queda feliz, menos ellos y sus superiores, porque donde llegan empiezan a conspirar contra éstos y a volverlos añicos. Son lenguas de primera, ágiles para denigrar y elogiar a un mismo tiempo.
Existe el manzanillo “Rémora”, que nadie sabe a quién quiere u odia. Hace en política el oficio de aquel animalillo, piloto de tiburones. La rémora, pez ventajoso y agalludo, pícaro y perezoso, de quien decía Plinio “que no es bueno ni se recibe para manjares”, echa sus ventosas sobre los lisos lomos de peligrosos tiburones y navega tranquilo y seguro dirigiendo a los crueles adversarios del mar, mostrándoles cardúmenes, y señalándoles lugares buenos para el hartazgo. Y cuando los tiburones atacan y matan, ellos se hacen a un lado, a medrar, a comer hasta la saciedad. L tiburón -que dicen es cegato- actúa, pues, y maravillosamente, por el instinto, olfato, malicia y viveza del animalillo usurero, marrullero y ventajoso.
La mayoría de las ocasiones el manzanillo “Rémora” preséntase suavemente, coloca ventosas en el lomo del parlamento y entrevera chismes y calumnias. Tanto le sirve a una corriente como a otra; todo depende de para él donde pueda medrar más.
Sirve para muchos oficios y nadie le gana reclutando adeptos para los amigos de turno, pero cobra, y caro, los emolumentos de su tarea proselitista. Así es la rémora: divisa víctimas, pone al tiburón a que las mate, y come de ellas. Su voto es siempre incógnita cara en la subasta de los apetitos. Sus conciencias son aquelarres donde la brujería politiquera fabrica filtros peligrosos y disolventes.
Al manzanillo “Rémora” lo conoce todo el mundo, y privadamente, muy en reserva, le denigran y desprecian su conducta. De allí debe venir el dicho -cuando aparece un pernicioso en los pueblos o en las casas- que reza así: “es una rémora”. Pero resulta curioso que la tribu que sigue, la del manzanillo “Tiburón”, voraz y cruel, no puede realizar acometidas ni obtener supervivencia, sin la dirección y pilotaje del manzanillo
“Rémora”
Esta tribu de manzanillos tiburones se sabe medir dos puestos que encuentra, gracias al manzanillo “Rémora”. Cuando así sucede, entonces cambia el concepto sobre su auxiliar imprescindible, quien se convierte en persona digna y respetable, de harta pro y honestidad, y ambos pasa a medrar del presupuesto, hasta el hartazgo.
Hasta aquí, pues, el manzanillo “Rémora” es triunfador comoquiera que la suerte de “Tiburones y Doctores” depende de él, y los tres manzanillos distintos acaban por ser un solo tiburón verdadero, un solo manzanillo peligroso.
Tenemos ahora la tribu de los manzanillos que no se sirven de los otros. Esta tribu actúa por si y ante si, pero respeta la disciplina. Busca fines nobles en la mayoría de las veces, y como es competidora de los manzanillos “Notables”, es más odiada por éstos que la trinidad ya analizada.
Llamaremos a esta tribu la de los manzanillos “Francotiradores”, que actúa de manera harto conocida. Son rebeldes, ariscos y francos, intrigan por sus amigos; trabajan como hormigas por los municipios y departamentos; son buenos amigos y enemigos tremendos; activos, testarudos y honorables; sinceros en sus opiniones e intransigentes y fanáticos. Quedan incorporados dentro de la clasificación genérica porque no se someten a los “Notables” ni a los “Perfumados”, y son precisamente éstos quienes los fichan, persiguen y desacreditan. Esta suerte de manzanillos no hincha ni envenena. Es escala intelectual más alta que la de los de “Bolsillo” y tan necesaria como esa tribu simpática.
Ahora los manzanillos “Notables”. ¡Y qué tan notables son! Es la tribu petulante y vanidosa que cree que de ellos para arriba no está sino Dios, y lo reconocen con dificultad. Cobran pequeños servicios, y su más significante actuación política la convierten en hazaña, la vuelven excepcional. No hablan sino de sí mismos, con femenina coquetería. Parlamentar con ellos equivale a concurrir a la cátedra de autobiografías o auto bombos fatigantes. Todo lo suyo es grande y trascendental. No le reconocen méritos a nadie, y se mueren de envidia cando sus amigos o colegas, condiscípulos o paisanos, logran alguna posición. Pero cuando de intrigas se trata, son los primeros que se inscriben como anfitriones de comilonas y banquetes; los primeros que invitan y adulan.
Estos manzanillos “Notables” hacen valer si posición no para intrigas minúsculas, que sí para grandes contratos y gestiones trascendentales. Agazapados en el prestigio hacen y deshacen; detrás del biombo cómplice de los “ex-tales” -que aquí encubre rincones azarosos- corrompen la administración pública. Mantienen tiendas surtidas de influencias para venderlas caras a litigantes importantes o desesperados, y a extranjeros despistados que aventuran, o que se nacionalizan. Son magos que todo lo arreglan en almuerzos y libaciones, con carticas y teléfono.
Pero la peor clase de manzanillos la forma la tribu de “Los Perfumados”. Generalmente son miembros lejanos de estirpes renombradas en la historia política. Usufructúan pasado, golosamente viven del ancestro, y en ocasiones de simples parentescos políticos. Hablan de tío Rafael, y uno cree que es de Rodríguez, el abuelito paterno, y ¡no hay tal! Es de tío Rafael Núñez, por ejemplo. Otras veces dicen: mi abuelo José Hilario o mi tatarabuelo Mariano, o mi chozno Sanclemente, y se forma lío genealógico, porque no se encuentra por donde puedan ser López, Ospinas, Holguines o Caros, Suárez o Conchas, y en fin, como descifrando un crucigrama, se advierte que están casados con una nieta o biznieta política del histórico caballero nombrado.
Viven por encima de todo, y miran la humanidad con desvío y desprecio. Ellos quieren que el mundo político se rinda a su soberana voluntad caprichosa. Son millonarios del prestigio heredado y caballeros de industria de la política, jubilados para prestar servicios cívicos, pero en espera siempre de honores que no merecen. No se consideran obligados a nada ni corren riesgos; no contribuyen a los tesoros de los partidos, y no opinan, por dos razones: no saben, per saben algo, por no comprometerse. No se acercan a las masas, porque les huelen mal, no los inquieta la miseria del pueblo.
Reciben y buscan honores sin ejercer deberes, imponen solapadamente sus puntos de vista y echan atrás a quienes podrían desempeñar, con lujo de competencia, las posiciones que ellos no sueltan, esa herencia que le arrebatan a los hijos legítimos de la democracia y la inteligencia.
Esta tribu obra a su antojo y capricho. Desde altos cargos públicos sigue desempeñando otros, y actúa en política cuando quiere. En cambio a un empleadito cualquiera, a un manzanilla de “Bolsillo” o “Francotirador”, los arrojan a los peladeros del asfalto, si se atreven a concurrir a un convención del partido.
Indudablemente esta tribu es la más peligrosa de todas por cuanto es impreparada e influyente, y crea afectos disolventes y situaciones complejas. Sin derechos, títulos o méritos, usufructúa nombres esclarecidos, y desenterrando prestigios le cierra el paso a las nuevas promociones a tiempo que le crea problemas a las directivas políticas y al país entero. Es la tribu que nunca llena su ambición de altos cargos y distinciones, y que persiste en medrar para satisfacción de egoísmos y vanidades, amén de otras cosas peores.
Desde arriba, y con el prestigio de las tumbas unas veces, otras cobrándole a la nación por anticipado la herencia de prestigio -que por estar vivo el presunto causante aún no se le ha liquidado- desmoralizan y dan ocasión o motivo para que manzanillos de todos pelejes y costras se multipliquen, pues solamente usando sus sistemas manzanillos -pelos de mismos gatos-, es posible desplazarlo. Únicamente así se pueden derrotar, pero con demasiado trabajo. ¿Cuánto tiempo faltará todavía para que se acaben de liquidar las sucesiones, y los herederos de viejos ilustres y próceres, convencidos por fin, de que ya nada les debemos, se resuelvan a dejarnos vivir en paz?
Falta mucho tiempo para liquidar los resabios de la política, por la copia de sucesiones ilíquidas. Nos tocará pues, soportar la dictadura de los ancestros y aguantar el olor de las tumbas venerables, que mezclado con el perfume de los manzanillos hereditarios, forma el pachulí insoportable que malaroma el ambiente político nacional.
Y para cerrar, no propiamente con oro de nuestras vetas y aluviones, que sí con el caliche de nuestras tierras ásperas y pobres, el MANZANILLO PONTÍFICE: ¡HORROR¡ ¡TERROR! ¡MALDICIÓN! ¡HEGEMONÍA! ¡EXCLUSIÓN! ¡CISMA! ¡VIDA ACIAGA! ¡OSCURO PREVENIR!
